El pánico al vacío

Foto: Geometry of Lettershapes | arnoKath

Aunque han pasado casi tres décadas, recuerdo como hoy mi primer trabajo profesional pagado. Fue para una institución de planificación familiar. Era un folleto ilustrado —folleto popular, se llamaba en esos tiempos de furor por Paulo Freire— que daba instrucciones para atender un parto de emergencia, ese que sorprende a las mujeres y sus acompañantes en plena calle, en el asiento trasero de un taxi, en la casa o camino a la clínica.

Me esmero por dos semanas y voy muy oronda a entregar mi obra de arte terminada. El cliente la mira, muy serio al principio, y luego sonríe ante el dibujo del bebé que le habla a su madre al sacar la cabeza. Yo respiro con un alivio indescriptible: sabía intuitivamente que una sonrisa del cliente generalmente equivalía a la ansiada “Luz Verde”.

Me mira, entonces, con las cejas muy arqueadas, piensa cómo es que me lo va a plantear y me dice:

—¿Por qué no consideras ampliarle un poco los márgenes?

Igualmente podría haberme dicho ¿Por qué no consideras escribirlo en chino? o ¿Qué tal si lo imprimimos con los negativos al revés, para que haya que leerlo frente a un espejo? Mi desconcierto no habría sido mayor…. ¡1/8 de pulgada (3 milímetros) de márgenes a mí me parecía perfecto!

Ese cliente era dueño de una imprenta. Por lo que pienso que también lo veía desde el punto de vista de la economía de papel. Sin embargo, su observación causó tal impacto en mí, que -luego de rehacer a mano esas 12 páginas, una a una (aún no se usaban computadoras)– me dediqué a investigar el asunto por un buen tiempo. No me lo enseñaron en la Universidad, no lo había visto en ningún libro… ¡horror! existía algo llamado márgenes mínimos. De estudios posteriores –que llegaron a incluir filosofía occidental y oriental– comprendí el papel tan clave que juega el espacio vacío en la composición. Es como las pausas o silencios en la música. Sin ellos, no puede haber orden ni armonía, no puede haber movimiento ni quietud. No puede haber música ni composición en absoluto.

Jamás volví a cometer un error tan garrafal. De hecho, a veces peco de lo contrario.

La dificultad comenzó a estar, entonces, en aquellos primeros años de ejercicio, en explicarle a los clientes mis descubrimientos trascendentales sobre la función del espacio. Me encontré con un auténtico pánico al vacío, al espacio en blanco. Las inevitables preguntas “¿qué vas a poner ahí?” y “¿por qué no agrandas el título para que llenes ese espacio vacío?” no dejaban lugar a dudas. No me quedó más que armarme de paciencia y recurrir a mi vocación didáctica por unos cuantos años.

Más adelante, con la práctica y la experiencia, tales explicaciones se fueron haciendo cada vez menos necesarias, hasta que un buen día ya no tuve que darlas más: el resultado comenzaba a hablar, a explicarse, por sí mismo. Fue un gran alivio.

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